sábado, 3 de agosto de 2013

Se me independiza la niña.

No todo se les puede perdonar a los padres. Yo, mismamente, desde que mis padres se han convertido en abuelos, hay cosas que no les perdono. Paso por alto que de vez en cuando les falte empujarme, haciendo caso omiso a mi presencia, porque ahora lo más importante cuando nos vemos no soy yo, sino ella. Paso por alto su sordera selectiva ante mis imposiciones como madre y que ella consiga hacer lo que le de la gana con sus abuelos del alma. Incluso paso por alto esas caras de desacuerdo y achuchones posteriores a la pequeña (siempre a hurtadillas, para que yo no les vea), cuando me altero y vocifero a la artista, oyéndome todo aquel en un radio de kilómetro y medio.

Pero no puedo pasar por alto esto. Por ahí sí que no. Los abuelos están intentando que se me independice la niña. ¡Que no tiene aún cuatro años, por el amor de Dios! Pensad un poquito con la cabeza. Y el caso es que no se les ha ocurrido nada mejor que sorprender a su nieta con una espectacular casita de madera en lo alto de un árbol, que los abuelos tienen en el jardín de su casa.

La Casita de la Artista

 


 Por supuesto, ante semejante obra, no tengo nada que hacer. Ella tiene claro dónde quiere vivir y yo, ante semejante casa, no puedo competir porque, la verdad, es que dan ganas de quedarse allí a vivir. Además, la abuela la ha surtido bien con galletas, bollitos y otras exquisiteces, "para dar de merendar a sus amigas cuando las invite a su casa", dice ella.



 

En fin, la resignación es a lo único a lo que aferrarme. Si la niña quiere independizarse e irse a vivir al jardín de los abuelos, pues así será. Eso sí, que no intenten devolvérmela cuando tenga trece o catorce años. La adolescencia, también, en la casita del árbol.