miércoles, 23 de octubre de 2013

"MARSHMALLOW EXPERIMENT" (o cómo putear, con perdón, a un ser humano desde su más tierna infancia).

Año 1972. Universidad de Stanford. Un grupo de investigadores estudia la gratificación diferida (mira que me hace gracia esa palabra, que me recuerda a Cospedal con el "diferido" por aquí, "diferido" por allá... aunque este es otro tema).

Para el estudio, se valen de niños a los que sientan en una mesa frente a un marshmallow (aquí en España, una nube de golosina de toda la vida), en una habitación en la que no existe ninguna otra cosa que pueda llamar su atención. La persona que lleva allí al niño le comenta que tiene que marcharse en ese momento y que le va a dejar allí sólo frente a la apetecible golosina. Le dice que puede comérsela tranquilamente, aunque le explica que si espera a que vuelva, podrá comerse dos golosinas. La que tiene frente a él y otra más. ¡Un premio!

El estudió concluyó de la siguiente manera: sólo una tercera parte de los niños aguantó sin zamparse la golosina y se llevó su premio. De esos niños, la mayoría obtuvieron mejores resultados y éxitos considerables en sus carreras académicas, pasados 10 años desde que se llevara a cabo el experimento.

Sin querer entrar en el apasionante y enrevesado mundo de la psicología y las teorías conductistas, tras leer brevemente sobre el experimento, la conclusión que saco es que me parece una putada de estudio, la verdad. Pienso en lo que hubiera pasado si yo hubiera formado parte del grupo de estudio. Por supuesto, yo hubiera sido de las que me hubiera llevado el premio. Seguro. Pero no por mi esfuerzo o autocontrol, sino porque era prudente hasta dar asquete y no se me ocurría coger absolutamente nada que no fuera mío sin pedir permiso a mi santa madre. Mucho menos se me hubiera ocurrido comérmelo.

Pero, ayyy madre mía si me pilla ahora... Que me pongan delante un suculento manjar y me digan que se van y que me lo puedo comer tranquila... ¡no oigo más! ¿¡Qué premio ni premio!? Suficiente premio sería disfrutar de una comida tranquilamente, en una habitación sin distracciones y sola. Y es que cuando se es madre, por mucho que se quiera y se viva por y para esas criaturas... ¡qué placer es estar sola algunos ratitos! ¡Y sin escuchar nada! El silencio está poco valorado y, en ocasiones, disfrutarlo es tan necesario como comer o dormir. Sin un "maaaammmmiiiiiiiiii" taladrándonos el tímpano. Un placer.

Sin embargo, sin creer en que comerse o no la golosina en un momento determinado pueda ser indicativo de si se va a tener éxito o no en un futuro, el experimento me parece divertido, así que me voy a por unas golosinas que hoy voy a ver si mi artista aguanta y se lleva el premio o le puede el ansia. Todo puede pasar, porque esta hija mía es una sorpresa detrás de otra. En otro post, las conclusiones de mi experimento.





martes, 8 de octubre de 2013

¡¡A cocinar se ha dicho!!


En los tiempos que corren no está bien perder clientes. Bueno, ni estos tiempos ni en ningún otro, bien sea pasado o futuro, pero especialmente cuando se mira con lupa en qué se deja uno la pasta que tanto cuesta ganar, es importante cuidar a esas personas que han decidido gastársela en cualquiera de los servicios que se ofrecen. La experiencia de tener negocio propio, ayuda a ver este tema con una perspectiva mucho más clara.

Pero hoy no hablo de mi experiencia como empresaria, porque además no lo soy. Trabajo en la empresa familiar, pero como emprendedora mi experiencia por el momento es nula. Sigo aprendiendo de aquellos con los que trabajo, para decidir si algún día me lanzo o no hacia mi propia aventura empresarial. Pero ese es otro tema.

Esta semana tenía pensado hacer una entrada sobre el regalo que hicimos a nuestra pequeña en su cuarto cumpleaños. Este año, teniendo ya una mujercita en casa que interactúa un montón con nosotros y  a la que le encanta aprender cosas nuevas y se entusiasma con cada una de las ideas que le proponemos, teníamos que hacerle un regalo especial. Juguetes tiene mogollón y termina jugando con cualquier otra cosa, como me parece que hacen la gran mayoría de los niños.

Muchos fines de semana, aprovechando que el padre de la criatura es un verdadero artista en la cocina, se enfundan sendos delantales padre e hija y se pasan largo rato inventando y probando recetas con las que fastidiarme la "operación bikini", que he dado por perdida sin solución. Por ello, pensamos en regalarle un "Curso de Cocina para Padres e Hijos" que ofrecían en una tienda-escuela que ya conocíamos y que tenía muy buena pinta. Se trataba de una actividad que a ambos les encanta y que podían hacer juntos. Era, en un principio, una idea fantástica.


 Pero se estropeó. La organización del curso fue de todo menos organizada: empezó tarde; se alargó mucho más de lo que debía, impidiendo a mis chicos terminar de realizar todas las recetas, pues tuvieron que irse antes de que finalizara; no motivaron a los pequeños para que metieran las manos en la masa y se implicaran en la realización de las diferentes recetas, etc. Cuando me explicaron cómo se había desarrollado el curso, me dio muchísima rabia, pues no era precisamente barato y se trataba de un regalo para nuestra pequeña, que no había podido disfrutar como nosotros pensamos que debía haberlo hecho. La situación me llevó a escribirles un mail, quejándome por lo ocurrido.

No sé por qué, esperaba que me contestaran con un escueto mail, con una breve disculpa y alguna que otra excusa. Sin embargo, esta mañana he recibido una atentísima llamada por parte de la encargada de los cursos, exponiéndome las razones de la desorganización del curso, pidiéndome disculpas e invitándonos a participar con nuestra hija en cualquiera de los otros cursos que se van a llevar a cabo en la escuela. Me he llevado una grata sorpresa. Y espero poder probar cualquiera de los otros cursos que ofrecen, porque estoy segura que me quitará el mar sabor de boca que me ha quedado después de éste.

Esta entrada no es como me esperaba que iba a ser. No incluyo fotos de los logros gastronómicos de mi pequeña chef, pero pronto repetiremos y esta vez sí, esta vez incluiré fotos y recetas. No se me va a estropear sólo a mí la "operación bikini".

lunes, 7 de octubre de 2013

APRETADA AGENDA LA DE OCTUBRE

Y yo pensaba que septiembre era un mes de cambios; con cambios importantes, con carreras de una lado a otro, con una vida social propia apartada un poco en pos de la buena marcha de la vida familiar... ¡qué ilusa!

Octubre sí que mola, pero de verdad de la buena. Es cuando ha llegado este mes cuando de verdad me he dado cuenta de que, por lo menos hasta las vacaciones de Navidad, tengo la agenda ocupada. Y es que ¡no nos aburrimos oiga! Eso que cuando se inició el curso, me informé acerca de lo conveniente o no de las actividades extraescolares, del tiempo que se debe dedicar a ellas, del beneficio o no de determinadas actividades, etc. A mí, como siempre, que me pille bien informada.

Según la mayoría de las recomendaciones, lo suyo es que los niños no sufran un exceso de horas de actividades extraescolares, que tengan tiempo para jugar en casa, en el parque, leer, disfrazarse (una actividad que mi artista adora por encima de los sándwiches de nocilla) y otras muchas cosas que ahora mismo he olvidado, porque no las tengo apuntadas en la agenda. 

Por supuesto, me parecen muy lógicos los argumentos a favor de no superar un máximo de horas de dichas actividades pero, ¡¿qué hago?! Es que a mi hija todo le viene bien y va entusiasmada a cada una de sus ellas. Al final hemos acordado: ballet, piscina y predeporte, con un día de descanso a la semana (además del domingo , que es el día que me toca descansar a mi). Actividades que hay que sumar a la vida social tan apasionante que tienen los niños y niñas de cuatro años. Que con lo que voy a decir a continuación, voy a parecer mi abuela pero "esto en mis tiempos no era así". Había vida social, sí, no lo dudo pero... ¿tanta? No lo creo.

Día entero en la oficina y tardes de: cumpleaños, merendolas, ballet, talleres, parque aprovechando que todavía hace bueno, predeporte, sábado piscinero... y ¿cuándo hago la compra? ¡Ah! puedo acercarme al super, corriendo como alma que lleva el diablo, en los tres cuartos de hora que dura alguna de sus actividades. El caso es saber organizarse y comprarse una buena agenda, en la que quepa tooooodo lo que hay que hacer. Que yo siempre he sido de listas y de agendas y a estas alturas ya no lo voy a cambiar.


 Releo este post antes de publicarlo y pienso... ¿Cómo lo haría mi madre? Ella encima tenía dos churumbelas... Pues imagino que como ahora más o menos, preparando la comida para los ciento y pico que comemos en su casa cada día, cuidando a su nieta toda la tarde, incluyendo viajes de ida y vuelta a alguna de sus actividades, haciendo compra para su casa y para la mía, recordándome las cosas que tengo que hacer y que se me olvidan y un etcétera larguísimo. Sin olvidarnos de los sábados que la artista huye despavorida y feliz de la vida a casa de los abuelos y que aprovechamos el padre de la susodicha y la menda para salir un poquito, que de vez en cuando es hasta sano. Y todo ello sin necesidad de agenda. Definitivamente, espero llegar a tener nietos y sobre todo espero parecerme a mi bendita madre una poquito sólo, aunque tenga que tirar de agenda para llegar a todo.