martes, 14 de julio de 2015

TU ÚLTIMO ABRAZO.

Una entrada difícil ésta, la de volver al blog con casi año y medio de distancia desde mi última entrada. Un año y medio difícil, muy difícil. El más difícil de mi vida. A mis actuales treinta y cuatro años no había perdido a nadie cercano y este año ha sido el que me ha tocado hacerlo.

Mi abuela murió el 21 de abril de este año, hace casi tres meses. Ahora puedo decirlo sin que me parezca mentira y casi sin que el nudo apriete mi garganta de tal manera que me haga soltar alguna lágrima. Parece que voy dándome cuenta de la suerte que he tenido por haberla disfrutado tanto y apartar un poco la pena de que mi hija sólo haya podido disfrutar de ella hasta sus cinco años. Cinco años preciosos en los que cada paso de mi artista era un orgullo y un motivo de alegría para ella.

No he tenido ganas de escribir durante su enfermedad y eso que a ella le encantaba seguir mis habituales chorradas. Las horas de hospital han sido eternas, como la incertidumbre ante los nuevos síntomas, los tratamientos, las sesiones de quimio, etc. A veces solo tenía ganas de estar con ella y otras veces de salir huyendo ante tanto dolor, aunque no lo hiciéramos ninguno de los que, más que querido, la hemos adorado.

Un año y medio en el que también nos hemos reído mucho, muchísimo. Como la primera vez que le puse el Clexane; yo, aquella a la que ella había acompañado tantas y tantas veces cuando tenían que pincharme, para que no hiciera el ridículo más espantoso del mundo, reprimiéndose las ganas de darme un guantazo cuando me mareaba entregando el volante para hacerme un análisis de sangre. O esta Nochevieja, la única en la que no ha deseado que en la siguiente estuviéramos todos, porque sabía que no iba a ser así, riéndose a carcajadas viendo a sus hijos bailar. Viéndoles bailar y seguro deseando que siempre fueran así, felices a pesar de todo, incluso a pesar de no estar ella.

Mi abuela murió con setenta y ocho años. Un cuerpo que había aguantado todo, como si en vez de setenta y ocho fueran muchísimos más, pero una mente joven, con ganas inmensas por seguir aprendiendo, con inquietudes a pesar de todos los achaques, una mente clara y serena. Setenta y ocho años en los que le ha dado tiempo a hacer de todo, aunque le hayan quedado cosas por hacer, como nuestro viaje a Trélazé. Pensándolo bien, las cosas sin hacer ahora mismo tienen poca importancia. Y los momentos duros, también. Me quedo con nuestros viajes, nuestras noches compartiendo cama y oyendo los latidos de la válvula que un cirujano con manos de oro le puso y que mantuvo su corazón fuerte hasta el final, los mails que me envió a Holanda, todo lo que me enseñó y todo el cariño que me dio durante todos y cada uno de los días de mi vida.

Ha sido un año y medio horrible, del cual borraría casi todo. Y sin embargo, un año y medio en el que he aprendido más que en los treinta y tres anteriores. Y si tengo que elegir algún momento, me quedo con éstos:

Querida amona, me quedo con las caricias a tu hija, mi madre, cuando te dijeron que tenías que despedirte porque el final estaba cerca, demostrándole el profundo amor que una madre puede sentir hacia un hijo, anteponiendo su dolor al propio miedo por la inminente muerte. Me quedo con la satisfacción de haber estado contigo hasta el final, hasta tu último suspiro y haberte sabido demostrar todo lo que quise y necesité demostrarte. Me quedo con la lectura de tu diario, ese que te pedí que me escribieras y que me pediste que no leyera hasta que tu no estuvieras. No creo que nadie me haga nunca un regalo tan especial.

Y, por último, me quedo con tu último abrazo antes de dormirte y ya no despertar. Aquel que diste a mi Naiara, a la cual te costó soltar a pesar de tus escasas fuerzas.