jueves, 5 de noviembre de 2015

CÓMO SALIR VIVA Y SIN SECUELAS DE UNA MUDANZA

Parece que hoy va a ser el día en el que deshagamos las tres últimas cajas que nos quedan. Y me parece imposible haber llegado hasta aquí. Cuando decidimos que nos mudábamos, me las prometía yo muy felices y me reía de los que me auguraban unas semanas de agotamiento y estrés infinito. ¿En qué hora me llegó aquella alerta de Idealista con esas fotos de esa casita en las que me visualicé en un segundo? Es la última vez que caigo, he borrado todas las alertas que tenía activas.

Bien es cierto que debía estar acostumbrada, pues mi pequeña con dos años había sido víctima de cuatro mudanzas, pero nunca me habían resultado tan absolutamente agotadoras como ésta. Viajábamos con menos equipaje, yo era más joven o yo que sé... El caso es que hemos llegado al final y estoy como "Mateo con la guitarra", más feliz que una perdíz, pero no porque la casa haya quedado más o menos bonita, acogedora, etc... sino porque el cartón ha desaparecido de mi vida, ¡por fin! No lo podéis ver, pero dos lágrimas de emoción recorren mis mejillas.

La mudanza se ha dividido en dos partes. Primera: la empresa de mudanzas. Ya no tenemos cuerpo para andar con sofás, mesas, aparadores, camas, mesillas y unas ciento cincuenta cajas de aquí para allá, así que ellos vinieron y en un par de días habían empaquetado mi casa entera y cuatro camiones después, siete fornidos trabajadores habían conseguido llevar todas nuestras pertenencias de una casa a otra. Bien, esta parte fue bastante bien. Se quejaron por todo y se pusieron hasta arriba de cervezas, pero no hubo consecuencias más allá de un par de taquicardias mías mientras veía subir mi sofá por una ventana y mi frigorífico de dos puertas se quedaba prácticamente encajado en la escalera.

Pero se fueron y nos enfrentamos a la cruda y real segunda etapa de la mudanza: deshaciendo cajas. Diez días hemos tardado, diez. Me imagino que el cartón que se ha utilizado para esta mudanza ha sido el equivalente a unas dos o tres hectáreas de bosque. Una pena. Al principio no fue tan mal, abríamos las cajas como quien abre regalos de Navidad, descubriendo tesoros increibles. Pero en un par de días y viendo lo que nos quedaba aún, la magia desapareció dando paso a la mala baba y el cansancio: "otra caja con tus putos zapatos, ¡descalza vas por la vida!", "¿Más cables? ¡Pero si no quedan trastos por enchufar!", "Mira la wii, con la pasta que te dejaste y no la has utilizado ni dos días". Me he dado cuenta de que una mudanza es la excusa perfecta para echarse en cara todo lo que se ha guardado una durante los años en los que se ha vivido en la casa que se abandona.

Pero nos hemos renovado, era "renovarse o morir" y hemos preferido la primera opción. Todo ha encontrado su sitio. Esta noche no vamos a poder abrir esa esperada botellita de vino y celebrar que lo hemos conseguido porque tengo la inmensa suerte de ir a una cena organizada por Silvia de Cenas Adivina, con la presencia de Boticaria García y La Madre Tigre. Un placer para los sentidos y una razón más que suficiente para aplazar a mañana la celebración del fin de una mudanza que casi termina con mi matrimonio y algo más.